[Pongo esto en memoria al fallecido blog "Alice in Oz", espero que aun lo recuerden]

“Cada mano que di, cada beso que recibí, cada saludo, insulto y mirada que proferí”
¡La odio!, puedo jurar que desde el momento que la vi, la odie, y es tan solo hace unas pocas horas que la observo; la maldita me recuerda a cada una de las mujeres que ame, a cada uno de los seres humanos que pisan y han pisado esta tierra, a mi mismo y como todos somos unas simples prostitutas de esta vida, vendiéndonos al mejor postor. La odio con todo mi ser; pero debo aclarar algo: El que odia, calcula, fríamente calcula y planea, y esta noche, hoy noche esa estúpida niñita pretendiendo ser mujer antes de su hora de serlo, morirá. La voy a violar y asesinar, ella pagará mis culpas y las culpas de todos.
¿Cómo empezó todo esto? ¡Ah! Sí, ya recuerdo. Empezó hace mucho tiempo, es tanto que no recuerdo cuanto mismo es, solo se que un buen día de mayo amé a alguien, amé con todas mis fuerzas, más que nunca, de una manera única, y de repente eso murió y la suficiencia del sentir no fue suficiente. Fue entonces cuando todas las máscaras del mundo cayeron y pude ver desnuda a la humanidad, no solo descubrí la mentira del amor, sino de la muerte, de la vida, del deseo, de las promesas y del mismo valor humano. Vi que los seres humanos nos tratamos unos a otros de la manera más sucia, como si fuésemos objetos, que nos acariciamos y nos destruimos como si fuéramos desechos, que aprendemos a tratarnos como desechables, que cuando sientes, sea lo que sea que sientes hay un momento en que todo queda en la nada, este momento se aparece como un fantasma y de repente “nos cansamos”. Como si los humanos fuéramos una canción que se escucha tantas veces que te cansas de ella, o como si fuéramos el juguete de un niño que se cansa de el y quiere algo nuevo, o el saco viejo que ya no calienta igual, como si fuéramos cosas. Esas cosas que cambiamos por algo mejor y aquellas cosas viejas las relegamos al cajón de los recuerdos, pues ahí en ese cajón es donde no vemos que los seres humanos, somos coleccionistas, de seres humanos, que ahí es donde yo aprendí a relegar a otros seres humanos y a mi corazón.

Entonces nos tratamos como cosas, cosas que generan un inefable recuerdo vacío y a pesar de las discusiones de aquellos estúpidos positivistas, que dicen que la vida es bella y que los recuerdos son lo más preciado que se puede tener, que hay que conservar los recuerdos lindos de todo, yo en realidad pienso que los recuerdos no son algo lindo, los recuerdos evocan un pasado que consideramos mejor, los recuerdos son la nostalgia y la tristeza que se disfraza en una falsa sonrisa de recuerdos. Me pregunté durante meses ¿por qué los seres humanos son así? Llenos de máscaras y disfraces, de recuerdos falsos y de cajones llenos de corazones rotos. Y descubrí la respuesta en la palabra prostitutas, porque los seres humanos somos prostitutas, ávidos de probar más y más de nuestra propia mierda, sin sentirnos llenos con nada, llenos de ansias de respuestas, sin ni siquiera saber las preguntas, sin saber jamás que queremos, solo queriendo más, perdiendo todo lo realmente valioso en nombre de la libertad que nos encadena, ¡en el nombre de tanta mierda!, perdiendo nuestra humanidad para recuperar la animalidad en nombre de nuestra supuesta inteligencia. Sí, somos prostitutas todos, hombres, mujeres, niños, todos. No nos vendemos solamente por dinero, sino por experiencias, al mejor postor y no nos importa traicionarnos unos a otros con tal de llegar al clímax de sentirnos vivos en nuestro vació, y encontrar lo que ni siquiera sabemos que buscamos; para justificar las sensaciones y los miedos y así simplemente llegamos a perderlo todo al habernos transformado en prostitutas y haber subastado nuestras vidas.
Me odié a mí mismo ese día, el día que vi esto, me detesté y me encerré en mi apartamento, no me importo nada, las cajas de comida se regaban por el piso y yo vivía como lo que era, como un animal; me desespere y destruí todo, los espejos se quebraron y los cigarrillos se diseminaron en el ambiente y yo llore, llore no por pena, sino por odio y por más que me duche durante días en agua helada el putrefacto perfume no se iba de mí, seguía en mi piel recordándome que era lo que menos quería ser: humano. Y solo me odié, y odié todo; me limité a respirar, dejé de lado mis sentimientos atrapados en la cajita de recuerdos como lo hacen todos, pero la diferencia está en que yo no veo mi cajita de recuerdos. Tras días de encerrarme y llorar el asco de ser que había nacido, la raza tan putrefacta que conformaba, salí a trabajar con la sonrisa de idiota, porque me toca, porque aún debo alimentarme y pagar un arriendo, pero en realidad mi contacto con la humanidad se acabó. Dejé todo de lado, y la única persona con la que hablaba era con el drogadicto de la esquina que me provee de heroína, la misma que me esta matando, lenta y placenteramente, llenando mi vació.

Los meses, pasaron, talvez hasta son años, ya no importa, la heroína me consume y yo soy más animal que cualquiera, desde hace días veo a esa mujer que es una sombra observándome y me excita, hace tanto tiempo que no tengo sexo y lo deseo, como animal que soy, pero ella me recuerda a la muerte, parece salida de algún retorcido país de las maravillas, de un Oz quizás, ella es intocable, ella no pero las demás si y ella observándome, me impulsó a salir a ese maldito lugar de la ciudad que más odio, esas callejuelas llenas de sonidos estridentes, de gritos desacompasados, y de bullicio, del alcohol que embrutece más aún los sentidos de la humanidad, del humo del cigarro, esos lugares donde las niñas como la que observo tratan de sentirse más mujeres de lo que son. Sí, la maldita me recuerda a todas, con su pelo perfecto, lacio, castaño y largo, sedoso y brillante asemejando la luz de los diamantes más puros; como seda fina sus facciones de ángel, pareciera como si fuese un querubín ante el que los creyentes rendirían pleitesía, con esa sonrisa pura y dulce, de amplios y blancos dientes, con sus carnosos e inocentes labios, sus hombros casi al total descubierto por el ropaje que lleva puesto, su blancura extrema asemejando al paisaje más sublime de Siberia, su piel sedosa y delicada como la tela más cara, sus pechos grandes y prominentes invitándome a hundirme en ellos, sus caderas llamándome al bambolear de las mismas, invitándome toda ella con sus gestos, con sus ropajes a asesinarla. Me recuerda a todas, ya que tiene un elemento de cada una de las que amé, tiene más que algo de cada una, tiene todo, reunida en una sola mujer, tiene algo de todos. La miro, usando un pequeño remedo de trapo a manera de minifalda; tan solo para sentirse “sexy” la muy bastarda e ilusa no tendrá más de quince años, en la plena flor de su inocencia, de su estupidez. La miro, insistiendo entrar al club donde los adultos se divierten de la manera más insulsa creyendo que todo esta bien en su podrido mundo, es como si no pudiesen ver el bosque por los árboles u oler sus propias heces en sus rodillas. La niña, dulce y preciosa niña desarrollada antes de hora en ese cuerpecito de mujer, la dulce niña tiene sus nervios plasmados y exaltados, reflejándose en su rostro la ansiedad y el miedo al rechazo al acercarse a la puerta pensando talvez que el cuidador no le permita entrar por ser una “niña” aun, niña queriendo ser mujer antes de hora.

Decido darle una mano, en un acto de galantería muy conocido para mi, (aunque no practicado hace mucho; sin por esto perder mi toque) me acerco a ella, pobrecilla no sabe lo que le espera; rápidamente le ofrezco una sonrisa y una agradable y hueca conversación, le doy tan solo lo que desea escuchar. Le ofrezco un cigarrillo mientras flirteo sobre su edad y me doy cuenta que ¡miente! Diciéndose mayor; en fin yo también lo hago, miento, fingiéndome menor, tras pocos segundos llegamos a la puerta, ningún problema y en pocos segundos estamos dentro del antro de bullicio electrónico estridente la alta sociedad esta acá, la gente bonita, como si se tratase de un show de modas y glamour, la niña esta anonadada, se siente una reina en su castillo, y yo, su bufón; quien seguramente la divertirá, le invitara unos tragos, la besara y le ira a dejar a casa a ella y sus tontas amiguitas, y ella se creerá que talvez mañana la llamare para prostituirme a ella, yo, como si ella fuera el mejor postor; hasta que ella se canse, o lo haga yo, y decida buscarme otro mejor postor. Parte de lo que ella espera será real, la diversión, la bufonearía, el alcohol.
Las horas pasan, y pieza tras pieza de la estridente electrónica en el ambiente me percato que el bar esta lleno hasta reventar y que en mi victima, en mi pequeña niña, hay mas alcohol que sangre en su torrente sanguíneo; me muevo rápido, sin que lo noten sus “amiguis” como las llama, la tomo de la mano y me escabullo entre la multitud hacia los sofás, ahí más que sentarla la recuesto, y yo encima de ella, con discreción, juego con ella y reímos, sonrisas y flirteos vienen y van en su repugnante borrachera y la niña trata de hacer el acto circense del día fingiéndose digna, cuando su animal interno ruega por mi cuerpo y porque la mate. Finalmente, después de poco nos besamos, pasionalmente nos besamos, desenfrenadamente nos besamos. Ella se detiene, me sonríe y se acerca, me dirige una tierna mirada y me da un ligero beso; me dice “Ya vengo debo ir al tocador” se ríe como una tonta, se levanta y se va… ¡Es mi momento! Me escabullo en silencio entre las sombras y la sigo al tocador femenino, la oportunidad no podría ser mejor, puedo oler su sangre, puedo sentir el sudor resbalando por mis manos y la adrenalina acelerando mis movimientos; mas sigo siendo un animal, puro animal depredador. Silencio, me acerco al cubículo de la niña, escucho las gotas de orina caer hacia el inodoro, escucho sus manos, suaves tomar el papel higiénico y limpiar su sexo, se levanta, se arregla la falda y abre la puerta…

La sorpresa en su rostro no podría ser más gratificante, el miedo en ellos, y ese sudor frió perlando su nuca, violentamente sin darle opción a reaccionar la encierro en el catre y tapo su boca con mi mano; le susurro al oído que será rápido y que lo disfrutara. Le arranco las ropas de un tirón, ¡maldita! la odio, odio su olor, su miedo y el latido de su corazón, odio los recuerdos que evoca en mi. Acaricio sus senos mientras veo las lagrimas brotar de sus ojos, trata de cerrarlos pero el morbo mismo parece impedírselo, los acaricio, los aruño, los lamo y los muerdo, soy un animal. Extiendo mi mano entre sus patíes y acaricio su sexo; seco, completamente seco, y extrañamente esto me excita más a mi. Remuevo en su interior buscando algún signo de secreciones, ella llora, en silencio, con una de mis manos en su boca, ella ¡llora!, Rebusco con mi mano libre la cremallera de mi pantalón y la abro, tomo mi miembro firmemente y penetro a la maldita con una arremetida de violencia; ni siquiera he hecho a un lado su tanguita, entra con todo y tela, desgarrándola, ahoga un grito de dolor y llora… Empujo y retraigo mi cuerpo contra sus carnes, contengo mis gemidos y empiezo a moverme más y más duro, la sangre en su vagina provee la lubricación suficiente y yo sigo empujando, jalo su cabello demencialmente hasta arrancarle algunos mechones, e instintivamente la golpeo, golpeo su rostro, y la maldigo, la odio, ¡maldita humana! Esta pagando con su dolor, mezclado con placer, mezclado con odio, todos los pecados de la humanidad, esta sufriendo y a sus 18 supuestos años (la verdad creo que son 16) el telón se cae para esta niña y ve las realidades de la humanidad, ve lo prostituta que es, ve lo prostituto que soy, ve lo usables y desechables que somos los seres humanos, ve que nos vendemos al mejor postor, y acepta su destino, destino que yo creé, yo esta noche fui su Dios.

El clímax llega, tanto dentro del catre del baño femenino, como afuera en la pista de baile, la estridencia es total y la música retumba en mis oídos, una mezcla de sonidos maquinales producidos talvez por una cierra eléctrica, se entremezclan con la ácida distorsión de los discos raspando contra las agujas, la fricción de mi empuje dentro de su cuerpecito provoca mi orgasmo, yo estoy insatisfecho sin embargo, retiro mi miembro, como un animal, y veo de su sexo salir mis fluidos entremezclados con su sangre, ella llora, muy despacio; esta agotada, esta rendida, es un despojo. Como todos. La adrenalina aún corre por mis venas y la excitación ahora no es física, es emocional, regreso a verla y el impulso me gana; un golpe, dos, tres, una jalada a su cabello y un mechón, otro golpe y empujar mis dedos contra sus ojos. Ella esta tan cansada que no protesta, no se defiende, yo golpeo su tierna carita y la deformo, yo no me detengo hasta que mi corazón llega a su clímax de adrenalina, esta muerta, destazada y deformada, la bella mujer que tenia una minifalda y un top, es ahora un reguero de sangre en el baño de un bar, de su rostro, de su sexo, de sus orejas se escurren sangre, adrenalina y sudor. Veo el catre; completamente manchado de sangre, las paredes, el inodoro, la puerta; mis manos, mi ropa, mi rostro. Yo me pregunto como pude hacerlo sin ser molestado, como es que ninguna mujer entro y dio la alarma, los nervios me empiezan a invadir, el miedo. Respiro hondo, despacio, muy despacio abro la puerta del cubículo y salgo. Nadie, nadie en el baño excepto ella, la sombra que me ha seguido, la sombra que me incito a esto. La observo, enigmática y sonriente, me señala la puerta del baño, la misma que esta cerrada con seguro, abre las llaves del lavamanos y me invita a asearme, no puedo decir que no, lo hago rápidamente, y al terminar ella extiende una toalla y un buso para que pueda salir sin que se me noten las manchas de sangre en la camisa; pregunto a mi sombra quien es y ella responde: “Conténtate con saber que soy Alicia, que observo tu mundo y que al igual que tu, he visto las mentiras en las que viven los seres humanos, no soy de aquí, solo estoy de visita”, no deseo saber más, doy la vuelta y miro por ultima vez, un hilillo de sangre sale del catre donde viole y mate a una niña; mi venganza se ha realizado, no siento culpa, solo siento lo que siempre he sentido por mi y por la humanidad: Asco, profundo asco. Abro la puerta del baño, me escurro entre la gente sin ser visto, salgo del maldito bar y me dirijo a mi departamento. Pero antes pasare por la esquina viendo a mi “dealer” gastare todo mi dinero (aproximadamente unos 1000 dólares o más) en heroína y me suicidare con una sobredosis esta noche. Ya no tengo más porque vivir, cumplí lo que tenia que hacer; lo único que me apena es no saber quien es Alicia, lo único que me apena no saber es si la victima fue la pobre niñita queriendo ser mujer antes de hora, o yo.